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Política - 18 febrero, 2021

La política que se transforma en antipolítica

OPINIÓN: Por Eduardo Reina (*) – Twitter: @ossoreina – Especial para Diario San Francisco

En 1928, cuando Paul Dirac sopesaba las consecuencias de la teoría de la mecánica cuántica, llegó a una conclusión increíble. Para nosotros, casi inentendible. Resulta que, si el mundo está hecho de partículas, como los protones o electrones, también existen antipartículas, como antiprotones o antielectrones, con cargas opuestas. En conjunto, es lo que llamamos antimateria.

Hay un correlato todavía más sorprendente de su existencia, que parece de ciencia ficción: si la materia y la antimateria se tocan, se pueden aniquilar la una a la otra. Y, en tal caso, producir algo nuevo.

Ahora hablemos de lo nuestro. Hace tiempo que los analistas políticos hablan de la antipolítica, que funciona de una manera parecida a la antimateria: es lo mismo que la política, pero con signo contrario. Y podría servir para destruirla.

Ya Aristoteles, hablando de los tres tipos de gobierno (democracia, aristocracia y monarquía), identificó para cada uno una contraparte corrupta, degenerada (respectivamente: demagogia, oligarquía y tiranía). En resumen, la antipolítica ocurre desde siempre allá donde las instituciones se erosionan y pierden legitimidad.

En los tiempos más recientes no podemos sino mencionar al populismo y sus vertientes como la más grave desviación de la democracia: hay populismos de izquierda, como el chavismo, y de derecha, como el trumpismo, y hasta los hay de extrema derecha, más visibles hoy en día en Europa.

Pero unos y otros tienen en común el rasgo de alterar de forma duradera el funcionamiento normal -o más o menos normal- de las instituciones democráticas en sus países. A todo esto tenemos que concluir que la democracia tiene defectos y problemas, pero es insustituible.

El populismo trata de socavarla en nombre de grandes valores para después construir un gobierno de amigos, para unos pocos. La única alternativa compatible con la salvaguarda de nuestros derechos y libertades es una mejor política democrática.

Bajemos al barro, para entenderlo con ejemplos prácticos. Todas las provincias están haciendo equilibrio con miras a las elecciones de este año. En lo concreto, vemos a La Cámpora meterse en todas partes mientras los gobernadores resisten como pueden, más o menos abiertamente.

En Misiones, en concreto, tenemos un caso más alarmante: allí, se rumorea que Fabiola Yañez, la primera dama de la nación, se postularía como candidata a diputada. Esto ocurre porque hay poca voluntad del Frente Renovador de sentarse a negociar con el kirchnerismo o con el Instituto Patria.

De esta manera, si Yañez fuese en uno de los primeros tres lugares, esto le daría entidad a la lista de diputados nacionales para competir contra Rovira y contra Juntos por el Cambio.

No es la intención discutir la idoneidad de la primera dama para ocupar ese cargo. Es verdad que ha vivido gran parte de su vida en Misiones, y que, si bien no ha ocupado cargos públicos anteriormente, su labor periodística la ha acercado a la política (así, de hecho, conoció a su marido).

No está intrínsecamente mal, pero es en estas zonas grises donde se empieza a jugar la antipolítica. No está mal, ni es ilegal, pero crea conflictos de intereses, acumulación de poder, y superposiciones en el rol más bien ceremonial de la primera dama (en Argentina, está claro, tenemos una historia de primeras damas fuertes – dos de ellas llegaron a presidentas de la nación, y una a “jefa espiritual” e ícono político internacional).

Sin salir de la provincia, vemos otro caso interesante: la designación de Ignacio Barros Arrechea como director del Ente Binacional Yacyretá. De una familia radical, es el hijo de Ricardo Barros Arrechea, quien fuera el gobernador de la provincia en 1983, luego ministro de Salud en 1987.

Su hijo Ignacio fue recomendado por la misma Cristina Kirchner. Ahora mismo se dedica a dirigir Eco Madera, aunque su mayor mérito para ocupar el cargo es haber hecho buenas migas con Maximo Kirchner. No sería raro que lo hicieran jugar en la misma lista que Fabiola o bien se lo guarden para las elecciones de 2023. Un radical converso como candidato a gobernador sería un golazo del kirchnerismo.

Pero veámoslo con un poco de distancia. Leámoslo no en términos estratégicos, sino desde la óptica de la política. ¿Qué aportan estos movimientos? ¿Estamos viendo en acción a la política o a la antipolítica? Las instituciones se han convertido en una estructura provisoria en permanente cambio, que no conservan las mismas características que tenían; quizás tristemente deberemos acostumbrarnos a no ver más institución centenaria como fueron concebidas, y eso hará más y más difícil que los ciudadanos las respeten y se pongan a su servicio.

Si no se construyen instituciones que sirvan a las necesidades de la gente, si no recreamos instituciones que construyan, evalúen gestión y desarrollen políticas públicas con interacción y de espacios de participación social y se involucre activamente a los ciudadanos, no podemos esperar generar política… solo antipolítica.

Con eso se corre el riesgo de bloquear y desactivar cualquier tipo de participación ciudadana. Como escribió Borges: “El argentino, a diferencia de los americanos del norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado (…) lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”.

Agreguemos, además del estado, los partidos políticos y las instituciones en general, y tendremos la perfecta actualización de la cita.

Nota publicada también en: Perfil.com

(*) Consultor especializado en Comunicación Institucional y Política, Asuntos Públicos y Gubernamentales, Manejo de crisis y Relaciones con los Medios. Magister en Comunicación y Marketing Político en la Universidad del Salvador (USAL). Postgraduate Business and Management por la Universidad de California Ext. Berkeley, EEUU. Es docente universitario en UCA y USAL. Columnista de Diario San Francisco, Perfil.com y FM Milenieum, entre otros medios del país y del mundo.