¿Cuándo se retomará el culto público?

Algunas diócesis de Argentina tomamos la decisión de suspender el culto público antes de que el Gobierno Nacional decretara el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Una vez que éste lo hizo, la prohibición de reunirse para celebrar el culto tuvo la fuerza de un mandato de la legítima autoridad. A partir de entonces, todas las diócesis del país lo han acatado como corresponde.

Destaco este hecho para subrayar que, aunque difícil y dolorosa, se ha tratado de una decisión pastoral que expresa un acto de gobierno de los obispos, realizado pensando en el bien común espiritual de la comunidad católica y de la entera sociedad en la que ésta vive y actúa. Una decisión prudencial y responsable, ante Dios y la propia conciencia.

El cuidado de la salud integral, especialmente de las personas más vulnerables al virus, ha sido el bien a tutelar con esta decisión. Exponer a las personas que asisten al culto al riesgo cierto del contagio y, en algunos casos, al peligro de muerte, constituiría una grave irresponsabilidad de parte de los pastores. No solo podría configurar un verdadero delito, justamente punible por la justicia secular, sino también un pecado grave.

¿Cuándo cesará la prohibición del culto público? Es difícil establecerlo ahora. Es legítimo hacerse la pregunta. Sin ansiedades indebidas ni razonamientos falsos, engañosos o parciales.

El Gobierno Nacional, en consonancia con las provincias y municipios, ha iniciado una nueva etapa que se denomina: “cuarentena administrada”, por la que se admiten algunas actividades esenciales para el funcionamiento de la sociedad.

En esta nueva etapa, nos toca a los obispos y dirigentes de otras comunidades religiosas instalar este tema en la agenda de nuestras autoridades, exponerles nuestros puntos de vista y escuchar las observaciones que nos hagan, atentos siempre a la palabra autorizada de los expertos.

Para los católicos, por ejemplo, las celebraciones son mucho más que una expresión de fe subjetiva. Son acontecimientos de gracia y salvación: Dios regala vida que alimenta la esperanza. Los frutos de la Eucaristía, por ejemplo, desbordan ampliamente la mera devoción individual. Es comunión en el Cuerpo de Cristo, sacramento de su caridad que transforma el mundo y apunta a la bienaventuranza.

Obviamente, el Estado no puede tomar decisiones en base a la fe de ninguna confesión religiosa, pero sí tiene que estar atento a las fuerzas espirituales y morales que alimentan la vida de los ciudadanos, especialmente en situaciones de crisis como la que estamos transitando.

La emergencia sanitaria se enfrenta con decisiones y normas basados en los criterios de las ciencias involucradas, expresados por los expertos. En este sentido, les toca a las autoridades públicas evaluar las condiciones objetivas que deben darse para alejar todo peligro para la salud de los ciudadanos.

¿Qué condiciones deben converger para que puedan retomarse, progresivamente y con cierta normalidad, las reuniones litúrgicas y otras expresiones de vida de nuestras comunidades religiosas?

Como dijimos, a los líderes religiosos nos toca acercar esta preocupación a la autoridad pública. A los criterios objetivos de los expertos habrá que sumar nuestra experiencia y puntos de vista, para que, a través de un diálogo franco y abierto, se pueda evaluar, caso por caso, qué actividades pueden retomarse, en qué ritmo y con qué restricciones.

La fe cristiana nos obliga, desde su raíz teologal más honda, a este discernimiento. Forma parte de nuestra vivencia de la fe el respeto por la dimensión secular de nuestra existencia, porque es fruto del designio creador de Dios. La gracia no la anula, sino que la supone e incluso la perfecciona.

Además, nuestra fe en Jesucristo nos ofrece motivaciones muy hondas para comprometernos en la respuesta que la sociedad está dando al formidable desafío que supone el COVID-19. También para todo lo que suponga reconstruir el entramado social después de la pandemia.

Dos reflexiones finales, dirigidas a los fieles católicos.

En primer lugar, que este “ayuno de Eucaristía” podemos vivirlo eucarísticamente, es decir, con los mismos sentimientos de Jesús que entrega la vida. Estamos redescubriendo que la lectura orante de la Palabra nos une realmente al Señor. También que la familia es Iglesia doméstica que anuncia, celebra y vive la fe. También que, aún respetando la cuarentena, podemos tender una mano a los más pobres. Caritas, por ejemplo, ofrece hoy varias iniciativas de voluntariado, ayuda y solidaridad.

En segundo lugar, a sentirnos responsables del camino común que, como pueblo argentino y como humanidad, estamos transitando. Estamos aprendiendo algo que, tal vez, habíamos olvidado: somos frágiles, nos necesitamos mutuamente y no podemos mirar el futuro dando la espalda al sufrimiento de nadie, especialmente de los más pobres. Francisco no se cansa de proclamarlo. Todo esfuerzo o renuncia, si motivado en el amor de Dios, prepara un futuro mejor para todos.

Fuente: Evangelium Gratiae