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Sanfrancisqueños por el mundo: Hoy, Sergio Manavella

Sergio Manavella tiene 46 años y desde hace cinco vive en Mijas, un pueblo en la provincia de Málaga, España. Allí trabaja como guardavidas e instructor de stand up paddle y surf. Desde su juventud, supo que lo esperaban grandes experiencias y enseñanzas, pero lejos de San Francisco.

En Argentina ya se había dedicado a ser guardavidas en Villa Gesell durante siete años, y allí también tuvo el primer bar donde se servía pizza a la parrilla de la Costa Argentina, en el año 2002. Alternaba sus días entre la playa y el bar hasta que, asegura, «el stress le dijo basta”. Por eso vendió todo y se fue a vivir a San Juan, donde vivió en Cuesta del Viento y desde allí volvió a Córdoba, a La Cumbre. Aunque ya había vivido en España entre los años 1997 y 2000, durante las temporadas de verano, desde las sierras cordobesas fue que tomó la decisión de cambiar de continente.

«Este es el momento más estable de mi vida», asegura. Está casado con Susana, y comparten sus vidas junto a los tres hijos de ella: J’kar (12) , Iago (11) y Jasmine (10) “Son maravillosos, ellos ya están surfeando y dan clases conmigo, son unos fenómenos”, cuenta.

 

Junto a su esposa Susana.
Junto a su esposa Susana.

 

Dejar el país no fue dramático para él, porque el apoyo de su familia fue total. «Es que yo me fui a hacer el curso de guardavidas con 20 años a Buenos Aires y ya vivía solo, y desde los 14 años viajaba de un lado para el otro, porque  hacía judo y estuve en la selección cordobesa y también en la argentina, y mis padres estaban acostumbrados a eso, por eso nunca pude parar. De hecho ahora que estoy quieto, con mi mujer y mis niños viajamos mucho, porque acá es mucho más fácil y barato poder hacerlo», relata. Además, cuenta  divertido que muchas veces es la envidia de sus amigos por haber elegido el tipo de vida que lleva, y que aunque añora sus lazos familiares y de amistad, siempre está en contacto con su gente. «Ellos saben que estoy bien y que ésta es mi filosofía de vida, yo elegí vivir de esta manera. Además mis padres y hermanas viajan, y nosotros estamos pensando en ir para allá. En los años 90 no era tan fácil pero ahora la tecnología facilitó mucho el contacto«, completa.

 

Sergio junto a uno de sus grupos de alumnos de Stand Up Paddle y -serf
Sergio junto a uno de sus grupos de alumnos de Stand Up Paddle y Surf

 

En cuento al shock cultural que muchos desarraigados experimentan, Sergio declara que no son muchas las diferencias a las que no pudo acostumbrarse, y disfruta de la mixtura de nacionalidades que existe en zona en la que vive, donde alrededor del 20% de la población es inglesa, pero también hay suecos, holandeses, franceses, y sobre todo finlandeses. «Los escandinavos eligen vivir aquí por el clima y por eso es que yo también vivo acá; en invierno no baja la temperatura de los 17 grados durante el día, y ya a partir de marzo empiezan las temperaturas primaverales y de verano. El clima me permite trabajar de lo que me gusta, hay mucho turismo internacional y me viene bien, no me gusta el frío», explica. Además, señala que para los andaluces en general, «lo más importante es la cerveza y comer, y si es en la playa mejor todavía». Pero que con el resto de los españoles no encuentra grandes diferencias en relación a las costumbres argentinas. «Algo que no me gusta es el consumismo, el europeo es demasiado consumista, para ellos la vida es comprar coches, casas, estar endeudados todo el tiempo y piensan que así tiene que ser la vida, siempre están esclavizados con hipotecas a pagar. Compran cualquier cosa, porque encima todo es más barato acá, es terrible lo que gasta la gente en tecnología. No se enteran de lo que ocurre en el resto del planeta, teniendo África acá al frente», señala.

 

Atribuye la decisión de quedarse en Europa a la estabilidad económica, el bajo índice de criminalidad, y el nivel educativo que allí existe. «Cuando uno se acostumbra a vivir de esa manera es difícil regresar; las veces que volví a Argentina y vi cómo se vive, supe que no quería pasar más por eso, menos ahora con una familia, y lo digo con todo lo que amo a mi país, y me duele en el alma porque todo lo que tenemos allá es tan increíble, como por ejemplo los paisajes que acá no tenemos. Acá, para llegar a una montaña lo único que falta es que pongan un ascensor, está todo asfaltado y ya no queda casi naturaleza, y lo que extraño de mi país es eso», manifiesta.

 

En una reunión de amigos, en España
En una reunión de amigos, en España

 

Además, al igual que la mayoría de los argentinos que viven en el exterior, coincide en que las relaciones de amistad se dan de manera diferente: «Aquí, ir a la casa de un amigo, tocar timbre y tomar unos mates,  no existe. Vos tenés que llamar por teléfono y hacer una cita. Por ejemplo en Holanda, donde estuve un tiempo, era costumbre enviar un correo electrónico preguntando qué día podíamos reunirnos y combinar entre mail y mail el día más favorable para juntarnos a comer. Aunque sea tu mejor amigo, no podés caer a la casa sin avisar, está muy mal visto, les cambia la cara. Es increíble pero es así».

 

 

Sobre San Francisco

Pese a que hoy su vida transcurre de manera feliz en Mijas, Sergio asegura que tiene los mejores recuerdos de su ciudad natal, donde creó lazos de amistad que ni el tiempo ni la distancia borró, y donde además se formó deportivamente, y dice: «A todo el mundo le cuento que no cambiaría nunca por nada del mundo la niñez y adolescencia que tuve en San Francisco. Eso de andar por la calle libres, con las bicicletas. Sé que ahora está cambiando, pero los años 70 y 80, cuando no había inseguridad, fueron maravillosos. Nosotros teníamos una barra en San Isidro, éramos como cuarenta, era maravilloso porque si había alguna una fiesta, con que vaya nuestro grupo solamente, ya llenábamos una casa. Lo que pasa es que cuando pasé los 18 años y terminé el colegio, yo tenia otras cosas en la cabeza, sobre todo el mar. Tenía un fuego interno que me decía que tenía que salir, que aunque la había pasado genial y me había criado feliz, me esperaban otras cosas».
Aunque tiene muy claro que no eligiría San Francisco para vivir, sentencia: «Cuando voy y veo las esquinas que frecuentaba, como la de  Atlantis, se me cae un lagrimón, me emociono de una manera que se me parte el corazón. No veo la hora de ir y hacer un gran asado y un gran encuentro con amigos».