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La ganadería y el desafío del carbono

La ganadería es una actividad que tiene un peso significativo para nuestro país en cuanto al aporte económico, como generadora de empleo y desarrollo local; y como proveedora de un producto muy calificado y diferenciado a nivel global como es la carne, cuya exportación es totalmente articulable con el mercado interno (por complementariedad de cortes). Pese a estas ventajas incuestionables, desde hace unos años la actividad está en la mira de los movimientos ecologistas por su impacto ambiental.

Claudio Machado es Profesor de Producción Animal, y miembro del Grupo de Publicación de Novedades e Información General de la Facultad de Ciencias Veterinarias de Tandil. En diálogo con Campolitoral, recordó que el dedo acusador contra la actividad se remonta al informe “La larga huella del ganado de la FAO” de 2006, el que inició el derrotero acusador hacia la ganadería. “No se pretende decir que la actividad no emite gases de efecto invernadero (GEI), como metano, NO2 y CO2, sino exponer su relativa baja contribución a la emisión global, y de este modo no perder de vista la confrontación sobre las fuentes de emisión principal”, afirma.

Y agrega que el Grupo de Países Productores del Sur vienen liderando una relevante iniciativa que sistematiza información para confrontar con el mensaje colonizador negativo de la actividad. “Para poner en contexto la situación, países como China, Estados Unidos y La Unión Europea, representaban en 2019 el 51% de las emisiones globales de GEI, mientras que Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay (incluyendo sus actividades industriales, transportes y sus más de 200 millones de cabezas de ganado), sólo computan el 2% global. Además, para Argentina la ganadería representa aproximadamente el 20 % de sus emisiones nacionales según la metodología IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) ”.

Por otro lado, también hay un cuestionamiento por las métricas utilizadas para obtener ese valor, ya que los pastizales y las pasturas bien gestionadas (recursos disponibles en la región) pueden ser fuentes reales de sumideros (captura) de GEI “con lo cual ese número podría ser aún menor, tal como se sugiere en un último informe de IPCC sobre uso del suelo”, afirma.

Ensayo global inesperado

Machado destaca que la actual cuarentena se ha convertido en un inesperado experimento que suprime en gran parte la actividad humana (industrias, transportes etc.) de la ecuación global, que ha traído sorprendentes y rápidas respuestas de la naturaleza. Pero más allá de estas novedosas postales, las imágenes satelitales (NASA y Agencia Europea del Espacio) están mostrando un inmensa caída en las emisiones de GEI. “Está claro que esto es circunstancial, pero muestra que esto sucede mientras actividades agropecuarias mayormente no se detienen, y mucho menos que las vacas hayan decidido complotarse para adaptar su ritmo de producir gases de efecto invernadero durante la cuarentena”, aclara con ironía el docente.

En este sentido, el especialista reconoce que nuestra ganadería tiene mucho por mejorar, “pero no debemos olvidar las cifras previas para evitar el colonialismo informativo, ni el valor actual y futuro de los pastizales y pasturas, aún sin computar biodiversidad u otros componentes de la sostenibilidad”. Y agrega que en términos ambientales, solo la mejora de nuestros bajos índices reproductivos y de destete tendrían un impacto formidable en la baja de emisiones por kilos producidos que además impactará positivamente en la rentabilidad de los sistemas. Por eso mismo, es importante apreciar la enorme oportunidad que tenemos por delante. Aunque hay buenos avances, también hay trabajo por hacer en cuestiones de bienestar animal.

“Pero sin dudas el déficit más significativo en es la comunicación efectiva hacia el sector pero fundamentalmente hacia la población general, de manera de defender una actividad noble, generadora de divisas y realizada con pasión con intervención de nuestra profesión, en un país de gran arraigo agropecuario” afirma.

La triple encrucijada

El Ing. Ernesto Viglizzo (CONICET/INTA), es también miembro de apoyo del Grupo de Países Productores del Sur (GPS), y afirma que la encrucijada del carbono en la producción agropecuaria tiene tres ejes: la emisión, el secuestro y la huella de carbono.

El primero (la emisión), requiere contextualizar para entender dónde estamos parados. “Allí vemos que las mismas están concentradas en el hemisferio norte. Nosotros aportamos un 2%, según el Banco Mundial”. Además, afirma que la molécula de metano en 10 años se desarma en la atmósfera. “Eso nos obliga a replantear a la ganadería como una fuente de emisión de gases invernadero. La región tiene que pelear esa situación”.

El segundo punto es el secuestro de carbono, que tiene distintas metodologías para cuantificarlo. “Si bien se entiende que los bosques son los que más secuestran carbono, siempre me inquietó que las tierras de pastoreo no están bien evaluadas en esta capacidad”, reconoce.

Por eso, Viglizzo reconoce haber revisado estos métodos para concluir que nuestras pasturas tienen gran capacidad de secuestro de carbono. “En Argentina hay un 7 % de bosques pero más de 80 % de tierras de pastoreo”. Las “Grasslands” tienen un potencial que está imperfectamente valorado. “Cuando cambiamos el uso de la tierra y pasamos de un uso 100 % agrícola a un uso mixto con pasturas, el almacén de Carbono se vuelve a llenar en el suelo”, afirma.

El último elemento es la huella de carbono, la que juega un rol cada vez más fuerte en las góndolas de los supermercados de Europa y del mundo. Viglizzo recalca que el sistema americano (feedlot) y el nuesto (mixto) emiten carbono en cantidades parecidas, pero nuestros sistemas tienen biomasa aérea y subterránea con la capacidad de incorporar ese carbono como Materia Orgánica del suelo u abono orgánico, “y ahí está la caja fuerte de nuestro sistema. Es necesario re analizar el rol del metano; profundizar el análisis del secuestro de Carbono en los sistemas ganaderos para validar estas hipótesis; y diseñar un sistema regional que evalúe objetivamente la huella con el fin de evitar miradas sesgadas y certificar el proceso de producción”.

La ganadería y su impacto ambiental

Según la FAO, la ganadería en su conjunto es responsable del 14,5% de las emisiones de GEI. Si tenemos en cuenta solo los vacunos sería un 9%, principalmente por el gas metano que generan, cuyo poder calorífico es 23 veces más potente que el dióxido de carbono y el óxido nitroso.

El Ing. Agr. Mayco Mansilla está realizando su maestría en Agronegocios sobre este tema en la FCA -Universidad Nacional del Litoral, y opina que “hay un consenso generalizado en el ámbito científico en los cálculos del Panel de Intergubernamental por el Cambio Climático (IPCC), a que las emisiones por animal generan 1,5 y 1,8 Tn de CO2 eq/año (depende de muchos factores). Lo que no aclaran es que la ganadería también secuestra carbono”.

Según el agrónomo, tanto el estrato herbáceo (a través de la fotosíntesis) como el suelo, también forman parte del sistema ganadero y mitigan gran parte de todas esas emisiones, dependiendo del manejo que se realice. Por esto mismo, no sería correcto hablar sólo de emisiones, sino que se debería analizar el balance de carbono a nivel de sistema, teniendo en cuenta también las entradas, y siendo conciente de ciclo del carbono.

¿Cómo se captura carbono?

Por la fotosíntesis, transformando el dióxido de carbono en moléculas orgánicas, formando parte de las estructuras de las plantas tanto en la parte aérea como en las raíces, siendo éstas la principal vía para “enterrar” carbono en el suelo.

Entonces si bien las vacas producen metano, éstas lo hacen transformando el carbono de los forrajes que comen, y que previamente fue carbono que se captó de la atmósfera por esas plantas mediante la fotosíntesis. “Es un sistema, y así como hay salidas de carbono, hay entradas también. Y bajo esta lógica el impacto que hace la ganadería es mucho menor, hasta incluso puede ser positivo, contribuyendo a frenar el calentamiento global”.

Mansilla afirma que la medición de cuánto captura una pastura es muy compleja, ya que depende de múltiples factores: las especies, el tipo de suelo, la temperatura, la humedad y el manejo. “Bajo buenos manejos de se pueden lograr capturar de 1,2 a 5 tn de C/Ha, según trabajos de Embrapa (Brasil), y otro en EEUU de 3,6, siendo ambos sistemas de balance positivo de carbono. Los cálculos aproximados de mitigación, a través del stock de carbono en el suelo, estiman que cada 0,5 Tn C/ha/año hasta 100 cm de profundidad, puede mitigar aproximadamente las emisiones de un bovino”.

Y agrega que si a la pastura a su vez le sumamos árboles como sucede en los sistemas silvopastoriles la relación mejorar aún más. “Según Embrapa, que desarrolló la certificación de Carne Carbono Neutro (CCN), con 250 árboles/Ha de Eucaliptos se pueden neutralizar al menos las emisiones de 8 bovinos”.

Ganadería y sustentabilidad

A partir de este nuevo concepto, se vislumbran nuevas herramientas: el uso de pasturas mejoradas, el pastoreo holístico (en sus diferentes variantes) respetando la intensidad y los períodos de descanso de las pasturas, manteniendo la cobertura del suelo, evitando el sobrepastoreo con una adecuada carga animal. También la mejora de los índices reproductivos, la conversión y la sanidad.

Para Mansilla, en Argentina “hay que aumentar la productividad, restaurar pastizales naturales y mejorar la productividad de los pastos, al tiempo que se evita la deforestación y se reduce la contaminación ambiental. Las pasturas más productivas proporcionan suelos con mayor agregación, con más carbono y nitrógeno acumulados en estas partículas, y la materia orgánica está protegida de la descomposición por la microbiota que habita el suelo. Por otra parte si la vaca consume dietas de mejor dijestibilidad y/o más energéticas emite menos carbono. Un feed lot emite menos metano/Kg de carne producido, pero no captura”.

En este sentido, el pastoreo holístico o racional “simula la naturaleza”, ya que las altas cargas por tiempos cortos, simula el agrupamiento que hacían los rumiantes para protegerse de los depredadores, para luego moverse a otra área.

Así, el pastoreo genera una remoción de biomasa aérea que permite el “rejuvenecimiento” de las pasturas que al largar nuevas hojas, macollos, al tiempo que crecen nuevas plantas, por menor competencia por luz se mejora la capacidad de la pastura de capturar más carbono. “A medida que crecen, van acumulando carbono en las raíces, y una parte de éste pasa a formar parte del carbono de suelos por descomposición”. De éeta manera estaríamos “enterrando más carbono” en la parte donde es más estable y no genera calentamiento global: en el suelo.

Según el excedente de carbono que estaría generando un sistema de ganadería pastoril en el país, no sólo puede compensar las emisiones del sector rural en su conjunto sino también, parcial o totalmente, las emisiones de sectores no rurales. Argentina sigue siendo el país que más logra maximizar esos créditos de carbono favorecida por su sistema de producción mayormente pastoril, alcanzando una relación secuestro – emisión de 6,7.

Necesidad de acuerdos globales

En el mundo hay 225 millones de hectáreas cubierta por pastizales, que representan el 25% de la superficie terrestre global libre de hielo. En estos ecosistemas solo el 10% del carbono forma parte de la biomasa aérea, el 90% restante está bajo tierra, formando parte de las raíces, la materia orgánica y el carbono inorgánico (carbonatos y bicarbonatos).

El suelo es el mayor reservorio de carbono, tiene 3,3 veces más que toda la atmósfera. Los vacunos han habitado durante millones de años el mundo, desarrolando la capacidad de digerir la fibra a través de la fermentación entérica, produciendo nutrientes de elevado valor biológico para el resto de los eslabones de la cadena trófica, sean los carnívoros o el hombre. Entonces ¿Cómo se explicaría que durante todos esos años no aumentó la cantidad de metano en la atmósfera? Y si bien la población mundial de bovinos aumentó considerablemente con el crecimiento demográfico, la población de las demás especies se fue reduciendo. Por lo que resultaría injusto culpar a los rumiantes del calentamiento global.

Huella hídrica

Otro de los perjuicios ed la elevada huella hídrica para producir un kg de carne utiliza 16.000 litros de agua, pero toma por ejemplo las precipitaciones totales, que si no se estaría el vacuno se perderían de igual forma, por infiltración, evapotranspiración o escorrentía. En realidad un vacuno consume alrededor de 100 litros de agua para aumentar un Kg de peso (depende el manejo), pero parte de ella vuelve a la atmósfera o al suelo, nueavemente, hay que pensar en los ciclos de materia.

Fuente: Campo Litoral. Campo Litoral