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Política - 3 agosto, 2019

Campaña devaluada, voto fruta y traé alfajores

OPINIÓN: Por Eduardo Reina – Twitter: @ossoreina – Especial para Diario San Francisco

En otros tiempos, a quienes se mudaban a otro país, o a alguna región remota, en busca de un futuro mejor, sus familiares y amigos les pedían que les enviaran frutas. Es decir, que compartiera algo de su prosperidad con ellos, como hoy se le pide al que se va de vacaciones que traiga alfajores.

Por supuesto, nunca llegaba fruta, ni ninguna otra cosa, y de ahí que la expresión «mandar fruta» se haya transformado en un sinónimo de mentir, o de hablar de lo que uno no sabe pero haciendo de cuenta que sí. Sanatear, guitarrear, vender humo, mandar cualquier verdura: en Argentina tenemos muchos sinónimos para esta misma acción.

La verdad es que la campaña electoral está tan devaluada que estas son las únicas expresiones que se me ocurren para definirla. A un panorama ya denso, se agregan análisis y racionalizaciones que lo vuelven todavía más complicado. La semana pasada empezaron a correr términos como «voto vergüenza», «voto silencioso», «voto E», «voto aborto».

Ahora el propio gobierno impulsa la idea del «voto estacionado», que presuntamente les garantizaría mejores números en las elecciones. De esta manera se sigue intelectualizando el comportamiento de los votantes, y siguen escaseando las propuestas.

Pero no alcanza con ganar las elecciones en teoría. Es decir: no vale mandar fruta. Se puede recurrir al voto vergüenza, al voto estacionado… o a cualquier otro tipo de «voto fruta», o «voto verdura», pero los únicos votos que van a contar son los que queden depositados en las urnas el 11 de agosto.

En una campaña falta de ideas, mandan las expectativas y el voluntarismo. Es la estrategia que se impone desde el oficialismo: repetir la consigna de que todo está mejorando y buscar que el concepto se imponga a fuerza de repetición. Puro Lakoff y Cambridge Analytica.

Llamativamente, esta táctica está dando buenos resultados. Distintos consultores ya registran aumentos en la intención de voto para el presidente. A favor de Juntos por el Cambio juega también el derrotismo de sus rivales. Parece que el partido de gobierno ha sabido constituirse en los últimos tiempos como un auténtico frente político, mientras la oposición sigue disgregada y confusa.

Los problemas son evidentes en la pobre campaña de la fórmula Lavagna-Urtubey, que en algún momento despertó ilusiones, ahora parece incapaz de romper el techo de los 10 puntos. Hasta sus poco inspirados spots de campaña dan la sensación de que Compromiso Federal tan solo se está preparando para el impacto.

En el kirchnerismo los problemas son todavía mayores. Su campaña, como la del oficialismo, apunta a lograr unos buenos números en agosto y después sostenerlos en octubre, sin esperar ya un afluente de votos de las fuerzas menores. Pero siendo esta la estrategia, los números favorecen a Macri.

Alberto Fernández se vio obligado desde el principio a hacer una campaña a medias, entre la defensa de Cristina y el reconocimiento de los errores, entre los anuncios grandilocuentes y las desmentidas posteriores del equipo económico. Se habla de millones y miles de millones de pesos como si fueran pomelos y naranjas.

Pasada la euforia tras el anuncio de la fórmula Fernández-Fernández, la campaña parece haber llegado a un punto muerto. Faltan direcciones claras y cada uno dice lo que quiere. Para peor, en lugar de presentarse con personajes creíbles, el peronismo parece haber abierto la jaula de los piantavotos.

Aparecen entonces De Vido ,Moyano, Santiago Cuneo y por supuesto Aníbal Fernández, cuyo exabrupto parece una jugada para lograr visibilidad personal al alto precio de dinamitar la campaña en la provincia.

Incluso los contados méritos de los que se puede enorgullecer el gobierno (las obras, los créditos a 18 meses, el dólar freezado) relucen ante las desprolijidades que se ven del otro lado. Y más allá de la anécdota, de las declaraciones explosivas y el voluntarismo, ya no parece haber espacio, no tiempo, ni ganas, para emprender una discusión seria sobre los temas concretos que deberían estar en el centro de la campaña.

Los partidos verdaderamente rupturistas son los que -como dice el Teorema de Baglini- menos chances de llegar a la presidencia: o sea, Del Caño y Espert. En el resto, se nota la falta de verdaderos proyectos políticos y hay nada más que una búsqueda desesperada de la propia supervivencia.

O quedarse en el poder, en el caso del oficialismo, o volver al poder, en el caso de la oposición. A lo mejor cuando lo logren empiezan a pensar seriamente en los problemas del país. “Hay acuerdos que sirven para ganar, pero no para gobernar” estemos atentos.

Nota publicada también en: Perfil.com

NdR: Ariel Garcé fue el futbolista menos esperado de la lista de 23 jugadores que Diego Maradona definió para el Mundial de Sudáfrica 2010. El por entonces jugador de Colón de Santa Fe había sido convocado para un amistoso con Haití en Neuquén y si bien no quería ir a disputar el encuentro porque se consideraba fuera de la lista, fue para cumplirle el sueño a sus padres. Allí, se dio una situación increíble relatada por el propio jugador: «Los haitianos estaban con gorra y guantes, no querían salir. Hacía un frío. Nos quedamos un instante en silencio y me puse a hablar yo. Me salió algo. Hablé de que si en ese momento era el Mundial, la Selección éramos nosotros. Tiré todo un verso que estuvo bueno». Ariel Ortega y Martín Palermo habían hablado anteriormente, pero la demora hizo que Garcé también tuviera que expresarse ante sus compañeros. Y esto fue clave en su futuro. Finalmente, Maradona quedó entusiasmado por las palabras del jugador que entró en la lista final y tuvo un hecho de color destacado cuando en el amistoso despedida ante Canadá en River, la bandera «Garcé, traé alfajores», dio la vuelta al mundo.