Policiales

Hace 20 años asesinaban a José Luis Cabezas

Una bala de fuego quiso callarte y te hizo más grande, inolvidable (…) ¿Cómo se mata a un hombre? ¿Cómo se puede? ¿Cuándo se olvida a un hombre? ¿Cuándo se aprende? «Una bala de luz», canción de Guillermo Cantón, amigo de José Luis Cabezas, en su memoria.

Veinte largos años pasaron desde aquella infausta madrugada en la que un grupo mafioso le arrebató la vida a un trabajador de prensa de 35 años, padre de tres niños —Juan, Agustina y Candela—, hijo de José y Norma (un matrimonio de origen italiano), hermano compinche de Gladys, amigo risueño y destacado reportero gráfico que supo ver a través de su lente más allá de lo que muchos veían con sus ojos. José Luis Cabezas fue secuestrado, golpeado, esposado con las manos en la espalda y obligado a arrodillarse ante los cobardes que estaban enfrente. En esa posición le dispararon, dos proyectiles entraron en su cabeza. Luego colocaron su cuerpo en el interior del auto que antes manejaba y lo incendiaron con él adentro. El lugar elegido por la banda comandada por uno de los hombres más poderosos de los 90 fue una cava en General Madariaga, hecha 15 días antes. Su crimen puso de pie a todo el país y otras 70 naciones se solidarizaron para pedir justicia. Por primera vez en democracia se atentaba de tal manera contra un periodista y en consecuencia contra la libertad de información.

Vale repasar la historia. El 23 de agosto de 1995, el entonces ministro de Economía, Domingo Felipe Cavallo, denunció ante la Cámara de Diputados negociados en el Correo y apuntó a una mafia que tenía respaldo del poder político. La exposición de Cavallo, junto a su gabinete completo, duró al menos 6 horas. Ante ellos cuestionó tajante: «¿Quién es el señor Yabrán? ¡Nadie lo conoce! ¡Pero él sí va a conocer todas las pruebas que tenemos!». Debajo del puño enardecido que sacudía de un lado a otro había un sinfín de hojas y expedientes que daban letra a esas acusaciones.

Al día siguiente todos los diarios titularon en primera plana: «Cavallo denunció una mafia enquistada en el poder». Meses después el economista fue separado del cargo, pero había logrado su cometido: el nombre de Alfredo Yabrán comenzó a estar hasta en las charlas de café. Todo el país se preguntaba por el enigmático empresario acusado de tener vínculos carnales con el presidente riojano. En 1997 no era fácil acceder a los datos de una persona (Google no existía, las primeras webs cobraban vida, los celulares con cámaras eran impensadas). Fue así como la revista Noticias pidió una entrevista con el dueño de las múltiples firmas. Aceptó con la salvedad de que no hubiera fotos porque ni los servicios de inteligencia conocían su cara. Se rumoreó que dijo: «Sacarme una foto a mí es como darme un tiro en la frente».

El 16 de febrero de 1996 el reportero gráfico José Luis Cabezas logró fotografiarlo mientras caminaba por una de las playas de Pinamar. Junto a su amigo Michi tenían estudiados los movimientos de Yabrán, quien también tenía vigilados los de ellos. El 3 de marzo, la imagen fue tapa de la revista. El valor periodístico de la foto es altísimo desde donde se la mire, pero nadie jamás imaginó que por ella se pagaría un precio tan alto. Cuentan algunos allegados que José Luis había recibido amenazas que consideró menores y que nunca se lo contó a su familia para no preocuparlos. Nadie pensó que la ira del magnate llegaría tan lejos y que decidiría poner fin a la vida del fotógrafo.

Quienes lo conocieron destacan su pasión por lo que hacía, el carácter jovial y el amor por su familia.

Lo hizo. Su hombre de confianza y custodio personal, Gregorio Ríos (ex militar), recibió ordenes que trasladó a Gustavo Prellezo, al servicio de la Policía Bonaerense. Él se contactó con la banda de Los Hornos (conocidos como «los horneros») y ejecutaron el «encargo». El entrecruzamiento de llamadas de los sindicados determinó, más tarde, que hasta ese 25 de enero Ríos y el ex comisario se hablaron frecuentemente y la comunicación cesó tras el crimen. Los secuaces de la mafia seguían cada uno de sus pasos con ayuda de la policía local, que había liberado la zona para que los delincuentes actuaran con libertad. Desde noviembre de 1996, el policía incriminado comenzó a delinear el asesinato del fotógrafo.

Lo que siguió fue el secuestro de José Luis. Salía de la fiesta de cumpleaños de Oscar Andreani, lo esperaron, lo golpearon y lo llevaron a la cava de Madariaga en el mismo auto alquilado por la editorial para que se movilizara mientras cubría la temporada. Quizás los acontecimientos sean conocidos en su totalidad porque en estos 20 años se escribió mucho sobre ellos, pero al volver a hacerlo se redescubre algún detalle o se conoce uno nuevo, como por ejemplo que Gladys Cabezas se enteró de la muerte de su hermano por la radio y, desconocedora de las amenazas, pensó que había sufrido un accidente de tránsito porque «le gustaba la velocidad». Al saber lo sucedido, Cristina Robledo, su última esposa, les pidió a los policías que se fijaran en cierto detalle del cuerpo de su marido para identificarlo bien, pero cuando le contaron que su amado estaba totalmente carbonizado sufrió una crisis nerviosa. A metros de ella estaba la beba que habían tenido juntos y a la que, por esas rarezas del destino, José Luis no llegó a fotografiar.

La investigación del caso fue buena, las primeras condenas parecían ejemplares, pero los años convirtieron al martillo de la justicia en una corneta de agua. En diferentes tiempos y con distintas excusas, cada uno de los sentenciados por el crimen de Cabezas quedó en libertad por bajas de la pena en Casación, por buena conducta en el penal y porque la cárcel era muy húmeda. El último en ser liberado fue Gustavo Prellezo, el hombre que sin un mínimo temblor en sus manos le disparó en la cabeza a sangre fría. Lo demostró en la reconstrucción del hecho, y no le importó.

Gabriel Michi: “José Luis era un tipo que no se bancaba las injusticias ni a los personajes sospechados de corrupción”

El crimen de José Luis quebró a su familia. Cristina se mudó con su hija a España y hace poco contó a un medio de allí que tomó la decisión cuando escuchó a la niña responder a la pregunta ¿cómo te llamas? «Candela Cabezas presente». El padre de José Luis falleció preso del dolor y rehén de las injusticias de la ley, y su madre está internada en un geriátrico con demencia senil. Su muerte levantó a las familias argentinas que aún tenían el sabor amargo de los años de plomo. Periodistas de todo el país se unieron para manifestar su repudio al asesinato con la solidaridad de otras 70 naciones que empapelaron sus redacciones con afiches con el rostro de Cabezas.

Paradójicamente, con esa foto que le sacaron para el carnet de reportero gráfico y de la que tanto renegaba. Perfeccionista al extremo, le vio todos los defectos juntos, pero la llevaba con orgullo porque feliz decía: «Trabajo de lo que me gusta y encima me pagan».

Cabezas, prohibido olvidar

Ese fue el pedido de su familia en el inicio de las marchas y actos para pedir por el esclarecimiento del asesinato de José Luis. Las dudas sobre si otro hecho similar podría ocurrir ponían en jaque a los periodistas porque veían cercenada su libertad de expresión e información. Gabriel Michi dijo en una entrevista en aquel entonces que el crimen de José Luis podía significar el último o el primer asesinato de un trabajador de prensa. La incertidumbre no llamó al silencio, sino todo lo contrario: la sociedad en su totalidad se puso de pie al lado de la familia, compañeros, amigos y demás trabajadores de prensa porque entendieron la magnitud del crimen de Cabezas. Al cumplirse el primer mes hubo minutos de silencio y las calles de la ciudad quedaron completamente paralizadas, más tarde las arterias principales fueron suelo para la interminable columna que ocupó todo el ancho de Avenida Corrientes y al menos cinco cuadras completas. Las iglesias hicieron sonar sus campanas, los barcos y bomberos sus sirenas, los autos tocaban bocinas, en Luján un grupo de camioneros levantó en alto sus gorras, afuera de los tribunales de Dolores otro centenar de personas levantaba carteles que rezaban ¡No se olviden de Cabezas! en absoluto silencio. La costa de la playa en la que fotografió a Yabrán recibió coronas de flores. El primer acto en Pinamar fue multitudinario y triste porque todos vieron en él al hijo, al hermano… Al mes siguiente una caravana partió a la cava de General Madariaga, hubo actos en varios puntos del país, suelta de globos negros con su rostro y antorchas en las plazas, algunas de las cuales hoy llevan su nombre. La unidad por su causa fue pocas veces vista.

A 20 años del hecho más despiadado con los que se enfrentó el periodismo argentino, no nos olvidemos de José Luis Cabezas, porque sus asesinos están en libertad y siguen siendo peligrosos para todos.

Fuente: Infobae. Infobae

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