OPINIÓN – Por Eduardo Reina (*) – Especial para DSF
Pedro Sánchez construyó durante años una imagen de dirigente europeo, progresista y protector de los sectores más vulnerables. Se presentó como un muro frente al avance de la derecha y como uno de los pocos líderes capaces de defender una Europa abierta y solidaria.
Ese relato pudo servirle durante un tiempo. El problema es que Europa cambió y Sánchez parece no haber cambiado con ella.
Hoy los europeos ya no discuten solamente cómo recibir inmigrantes, sino cómo controlar sus fronteras. Hablan de seguridad, de devoluciones, de acuerdos con los países de origen y de la necesidad de saber quién entra y quién permanece dentro del territorio europeo. No se trata de abandonar los principios humanitarios, sino de comprender que ningún país puede proteger a nadie si antes ha perdido el control de sus propias fronteras.
Sánchez continúa avanzando en sentido contrario. Cada vez que aparece una crisis migratoria, su primera reacción parece ser buscar una explicación exterior, señalar campañas de desinformación o acusar a sectores políticos que, según él, pretenden aprovecharse del miedo. Pero llega un momento en que el ciudadano deja de escuchar las explicaciones y comienza a preguntarse por qué el Gobierno no pudo prevenir lo que estaba sucediendo.
Eso fue lo que ocurrió en Ceuta.
España volvió a comprobar que Marruecos no es solamente un socio. Es también un vecino que sabe utilizar la inmigración, la frontera, Ceuta, Melilla y el Sáhara como herramientas de presión. Cuando Rabat colabora, la frontera funciona. Cuando decide mirar hacia otro lado, España descubre hasta qué punto depende de la voluntad marroquí.
Sánchez apostó casi todo a reconstruir su relación con Mohamed VI. Modificó la posición histórica española sobre el Sáhara Occidental con la idea de conseguir estabilidad diplomática y cooperación migratoria. Pero el resultado fue una relación desigual: Marruecos conservó todas sus cartas y España perdió buena parte de las propias.
Al mismo tiempo, ese giro deterioró la relación con Argelia, el gran rival regional de Marruecos y uno de los principales proveedores de gas de España. Allí aparece uno de los errores geopolíticos más importantes del Gobierno: haber pensado que podía acercarse a Rabat sin pagar ningún precio en Argel.
Argelia tiene hoy más importancia que hace algunos años. Europa necesita reemplazar el gas ruso, diversificar sus fuentes energéticas y asegurar el abastecimiento en un mundo cada vez más inestable. El gas ya no es solamente una mercancía: es poder político, seguridad nacional y capacidad de negociación.
Italia lo comprendió rápidamente. Giorgia Meloni reforzó sus vínculos con Argelia, convirtió al Mediterráneo en una prioridad estratégica y buscó garantizar la energía que necesita su país. Francia, incluso con sus tensiones históricas con Argelia, procura conservar canales de diálogo porque sabe que las diferencias políticas no pueden impedir la defensa de los intereses nacionales.
España, en cambio, quedó atrapada entre dos dependencias: necesita a Marruecos para controlar la frontera y necesita a Argelia para asegurar una parte importante de su energía.
Esa es la consecuencia de una política exterior guiada más por los gestos que por una estrategia de largo plazo.
Sánchez quiso mostrar que España podía ocupar un lugar relevante en el mundo, pero fue acumulando conflictos, contradicciones y desconfianzas. Quiso presentarse como un gran dirigente internacional mientras comenzaba a perder autoridad dentro de su propio país. Y ningún presidente puede ser fuerte en Europa cuando cada día aparece más debilitado en su casa.
Su mayor problema ya no es solamente la oposición del Partido Popular o el crecimiento de Vox. Es la pérdida de credibilidad.
Durante mucho tiempo Sánchez consiguió dividir el escenario entre progresistas y reaccionarios, solidarios y xenófobos, europeístas y nacionalistas. Pero esa simplificación comienza a agotarse. Muchos ciudadanos que no pertenecen a la derecha también quieren fronteras controladas, seguridad, reglas claras y una política exterior que defienda los intereses de España.
Pedir control migratorio no significa estar en contra de los inmigrantes. Significa entender que la solidaridad sin organización termina convirtiéndose en desorden, y que el desorden siempre perjudica primero a los más vulnerables.
Sánchez está perdiendo su narrativa protectora. Ya no alcanza con decir que su Gobierno defiende a quienes más lo necesitan. También debe demostrar que puede proteger a quienes viven en Ceuta, garantizar la seguridad de las fronteras y evitar que otro país utilice los movimientos migratorios para condicionar las decisiones españolas.
En este contexto la derecha sigue creciendo en Europa. No porque todos los europeos se hayan vuelto extremistas de un día para otro, sino porque la agenda política cambió y se cansó de la izquierda romántica . Hoy preocupan la inmigración, la seguridad, la energía, la defensa y la soberanía. Son temas que durante demasiado tiempo una parte de la izquierda prefirió evitar o tratar como preocupaciones moralmente sospechosas.
Meloni entendió ese cambio. Llegó al Gobierno rodeada de pronósticos que anunciaban una ruptura con Bruselas, pero terminó construyendo una relación pragmática con la Unión Europea. Moderó algunas posiciones, mantuvo a Italia dentro del bloque occidental y consiguió proyectar una imagen de estabilidad política en un país acostumbrado a cambiar de gobierno permanentemente.
Su reelección no está asegurada, pero tiene una posibilidad real de conseguirla.
Sánchez, en cambio, tiene cada día más dificultades para convencer a los españoles de que merece continuar. El Partido Socialista pierde fuerza, sus aliados están debilitados y Vox crece porque encuentra un terreno que el Gobierno dejó abandonado: el de la seguridad y el control migratorio.
La arrogancia de Sánchez consiste en creer que todavía puede explicar cada fracaso como parte de una conspiración de la derecha, de los medios, de Rusia, de Israel o de cualquier otro actor exterior. Pero cuando demasiadas cosas salen mal, la responsabilidad ya no puede estar siempre afuera.
Europa se está moviendo hacia una política más concreta. Quiere proteger sus fronteras, garantizar su energía, fortalecer su defensa y negociar con el norte de África desde una posición de firmeza.
Sánchez sigue hablando de la Europa que le permitió construir su relato. Meloni y otros dirigentes ya están actuando en la Europa que viene. Porque cuando el relato deja de resolver los problemas, la ciudadanía deja de escuchar: exige acción y busca a quien sea capaz de ejercerla.
(*) Consultor especializado en Comunicación Institucional y Política, Asuntos Públicos y Gubernamentales, Manejo de crisis y Relaciones con los Medios. Magister en Comunicación y Marketing Político. Universidad del Salvador, USAL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2004. Postgraduate Business and Management. Universidad de California Ext. Berkeley, EEUU. Actual Presidente Tres Cuartos Comunicación y es Docente Universitario. Anteriormente fue Vicepresidente de Estudio de Comunicación, multinacional española que figura entre las 10 empresas del ranking de Merger Market de empresas Europeas. www.eduardoreina.com

