Editorial

La túnica, la política y la pascua

OPINIÓN – Por Eduardo Reina – Especial para DSF

Un hombre humilde fue invitado a una gran cena en la casa de un poderoso. Llegó con su ropa gastada, pero limpia. Nadie lo miró. Nadie lo sentó. Nadie lo atendió. Se fue en silencio.


Horas después volvió, esta vez con una túnica muy elegante prestada. Todo cambió. Lo recibieron con honores, lo ubicaron en el mejor lugar y comenzaron a servirle los platos más finos y deliciosos.

Al empezar a comer, hizo algo extraño: tomó la comida y empezó a meterla dentro de las mangas de su túnica.

Desconcertados, le preguntaron qué hacía.

—Si el honor respeto y admiración es para la ropa… que coma la ropa.

Esta historia refleja de lo que atrae el destello y las apariencias, sí. Pero sobre todo habla de cómo se reparte el valor. De qué se premia. De qué se legitima.

Y ahí es donde deja de ser un cuento antiguo para convertirse en una escena absolutamente actual.

Vivimos en sociedades donde muchas veces no se honra la integridad, sino la “túnica”: el cargo, el poder, la cercanía, la conveniencia. Donde no siempre importa lo que alguien es, sino lo que representa en determinado momento.

En ese terreno, el poder no se controla: se acomoda. Y la corrupción no irrumpe: se integra.

Lo más preocupante no es solo que ocurra. Es que siga funcionando.

Es difícil no ver una sociedad cansada o pragmática que termina aceptando un acuerdo implícito: mientras algo mejore, mientras haya un mínimo alivio, lo demás se relativiza. Como si la ética fuera negociable. Como si los resultados pudieran compensar el camino.

La túnica no se sostiene sola , se sostiene en cada justificación, en cada silencio conveniente, en cada “no es tan grave”, en cada vez que se elige mirar para otro lado porque “al menos esto funciona”.

Es un pacto silencioso. Peligroso. Persistente. Y en medio de todo eso aparece Pascua.

Renovar no es empezar de cero sin memoria. Es revisar. Es incomodarse. Es cambiar de verdad.

Pascua no habla de disfraces. Habla de transformación. No propone mejorar la túnica. Propone dejar de depender de ella.

Buscar que  el cambio no empiece en los grandes discursos ni en las promesas de siempre, sino en algo más simple y más difícil a la vez: dejar de premiar el disfraz.

Dejar de alimentar aquello que sabemos que está mal, aunque venga envuelto en resultados.

Porque también hay una sociedad que, a veces, se acostumbra.

Y entonces la escena se repite: la túnica sigue comiendo… y todos miramos.

Hasta que alguien decide que no. ¨Que no todo vale. Que no todo se negocia. Que no todo se justifica¨.

Cuando Jesús entró al templo, no negoció con los mercaderes: dio vuelta las mesas. Porque hay momentos en los que no alcanza con incomodarse… hay que marcar un límite. Y toda sociedad decide, tarde o temprano, si lo hace… o si se adapta.

Renovar no es un deseo. Es una decisión.

Felices Pascuas.