La educación física como herramienta para una alfabetización motriz e interdisciplinaria

Suena el timbre y los estudiantes salen al patio. Algunos corren hacia la cancha, otros comienzan a discutir quién arma los equipos y algunos simplemente van. Durante cuarenta minutos juegan, corren, se pasan la pelota y compiten. Algunos participan con entusiasmo; otros esperan a que la clase termine. Después, otro timbre anuncia el final. La escena parece cumplir perfectamente con aquello que esperamos de una clase de Educación Física: hubo movimiento, hubo actividad y hubo deporte. La clase terminó. Pero ¿terminó también el aprendizaje?

La escuela prepara a los jóvenes para responder preguntas académicas. Les enseña a leer, escribir, calcular, investigar, interpretar información y comprender el mundo que los rodea. También pretende prepararlos para trabajar, relacionarse, tomar decisiones y continuar aprendiendo durante toda la vida. Pero hay algo que todos llevamos con nosotros desde el primer día hasta el último: nuestro cuerpo. Podemos cambiar de profesión, de ciudad, de amigos, de ideas y de proyectos. Podemos adquirir nuevos conocimientos y modificar nuestros hábitos. Pero no podemos abandonar nuestro cuerpo para comenzar una nueva vida. Es el único organismo que nos acompañará durante toda nuestra existencia. Entonces, una pregunta debería inquietarnos: ¿la escuela está enseñando a nuestros estudiantes a conocer, utilizar y cuidar el cuerpo con el que tendrán que vivir durante toda su vida?

Quizás debamos comenzar por una distinción que parece sencilla, pero que cambia completamente nuestra mirada. Practicar deporte no significa necesariamente estar físicamente educado. Un estudiante puede jugar al fútbol, al básquet o al vóley varias veces por semana y, sin embargo, desconocer por qué necesita actividad física, qué consecuencias tiene el sedentarismo, cómo desarrollar y conservar su condición física, qué importancia tienen el descanso y la recuperación, cómo alimentarse adecuadamente o qué decisiones pueden perjudicar su salud. Y también puede ocurrir exactamente lo contrario: un estudiante puede no convertirse jamás en deportista y, sin embargo, estar físicamente educado. Porque el propósito de la Educación Física no debería ser convertir a todos los alumnos en deportistas, sino proporcionarles conocimientos, capacidades y criterios que les permitan construir una relación saludable y autónoma con su propio cuerpo y con la actividad física durante toda la vida.

La literatura internacional ha desarrollado para esto un concepto especialmente interesante: alfabetización física (physical literacy). No se refiere simplemente a saber hacer ejercicio. Comprende motivación, confianza, competencia física, conocimiento y comprensión para valorar y asumir responsabilidad por la participación en actividades físicas a lo largo de la vida. UNESCO la vincula expresamente con el desarrollo de las competencias, actitudes y conocimientos necesarios para mantener una vida físicamente activa. En otras palabras, no alcanza con que un joven sepa correr, saltar o jugar un deporte. Debería comprender por qué necesita moverse, conocer distintas maneras de hacerlo, encontrar actividades que pueda sostener y desarrollar la capacidad de tomar decisiones responsables sobre su propio cuerpo. El deporte puede ser un medio; la alfabetización física es un aprendizaje.

Esta diferencia es fundamental porque la Educación Física debería producir algo que sobreviva a la escuela. Cuando termina la secundaria nadie le entregará a un joven un horario obligatorio para moverse. No habrá un profesor tomando asistencia, una calificación ni una clase que le recuerde que debe cuidar su cuerpo. Allí comienza la verdadera prueba de la educación. El éxito de la Educación Física no debería medirse solamente por lo que el alumno hace durante la clase, sino también por aquello que es capaz y está dispuesto a hacer cuando ya no tenga clase. Si un estudiante se mantiene activo solamente porque un profesor se lo indica, todavía no hemos construido autonomía. Si aprende a cuidar su cuerpo porque comprende su importancia y puede tomar esas decisiones por sí mismo, entonces la educación comienza a trascender el aula.

Y esto incluye mucho más que el movimiento. La adolescencia es una etapa decisiva para la formación de hábitos. Alimentación, actividad física, sedentarismo, descanso y consumo de sustancias forman parte de decisiones que pueden tener consecuencias durante décadas. La escuela no puede convertir al profesor de Educación Física en médico, nutricionista o especialista en adicciones, porque el cuidado de la salud exige necesariamente un abordaje interdisciplinario. Pero tampoco parece razonable que la educación corporal permanezca separada de la educación para el cuidado de la propia salud. La Ley de Educación Nacional reconoce, entre sus objetivos, la prevención de las adicciones y el uso indebido de drogas y, a la vez, establece la formación corporal, motriz y deportiva como parte del desarrollo integral de los estudiantes. Para la Educación Secundaria contempla específicamente la formación corporal y motriz mediante una Educación Física acorde con el desarrollo integral de los adolescentes.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que niños y adolescentes de 5 a 17 años realicen, en promedio, al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa, incluyendo actividades vigorosas y de fortalecimiento muscular y óseo al menos tres días por semana. Esos 60 minutos no tienen que producirse exclusivamente en la escuela: pueden provenir del juego, el deporte, el transporte activo, la recreación y otras actividades cotidianas. Precisamente por eso, la responsabilidad de la escuela no debería consistir en pretender proporcionar por sí sola todo ese tiempo de actividad, sino en enseñar al estudiante a construir una vida en la que el movimiento, el descanso, la alimentación saludable y el cuidado de su cuerpo tengan un lugar. La pregunta no es solamente cuánto se mueve durante su adolescencia, sino si aprende a valorar y sostener una vida físicamente activa cuando la escuela ya no esté.

En este punto aparece una cuestión que merece nuestra atención. El propio sistema educativo argentino reconoce que la Educación Física tiene una finalidad mucho más amplia que la práctica deportiva. Y en Córdoba, el diseño curricular resulta todavía más explícito: plantea una Educación Física vinculada con la conciencia corporal, la autonomía, la toma de decisiones, la libertad de movimiento, el cuidado y la alfabetización motriz. El documento oficial propone formar sujetos capaces de “habitar su cuerpo con conciencia” y “moverse con libertad y cuidado”, y plantea un repertorio amplio de experiencias corporales y motrices. Es decir, el currículo cordobés no propone simplemente que los alumnos practiquen un deporte. Propone formar personas capaces de relacionarse conscientemente con su cuerpo y desarrollar autonomía en sus prácticas corporales y motrices.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de aquello que el currículo declara termina convirtiéndose realmente en aprendizaje de nuestros estudiantes? Porque una escuela puede tener la materia, contar con un profesor, cumplir horarios, registrar asistencia y presentar una planificación. Pero el cumplimiento administrativo de una obligación curricular no necesariamente equivale al cumplimiento de su finalidad educativa. Ninguna escuela consideraría suficiente responder, ante una pregunta sobre Matemática, que la asignatura se dictó porque está en la currícula. La verdadera pregunta sería qué aprendieron los alumnos. ¿Por qué debería ser diferente con Educación Física?

Si el currículo habla de conciencia corporal, autonomía, toma de decisiones y alfabetización motriz, deberíamos poder reconocer esos aprendizajes en quienes terminan la escuela. Deberíamos poder preguntarnos si un joven comprende por qué necesita mantenerse físicamente activo, si conoce diferentes maneras de hacerlo, si posee herramientas para desarrollar y conservar sus capacidades físicas, si comprende la importancia del descanso y la recuperación, si tiene conocimientos básicos sobre alimentación saludable, si reconoce los riesgos del sedentarismo y de determinadas conductas sobre su organismo y, fundamentalmente, si está en condiciones de tomar decisiones autónomas sobre el cuidado de su cuerpo.

La cuestión no es formar atletas. No todos serán deportistas y no todos encontrarán satisfacción en la misma actividad. Algunos elegirán fútbol, básquet, natación o ciclismo; otros preferirán caminar, bailar, entrenar fuerza, practicar actividades al aire libre o encontrar alguna otra forma de movimiento que puedan incorporar sostenidamente a su vida. La escuela no debería imponer una única manera de relacionarse con el cuerpo. Debería proporcionar las herramientas para que cada persona pueda construir esa relación de manera consciente, saludable y autónoma.

Los datos sobre nuestros adolescentes hacen que esta discusión no sea solamente conceptual. La Encuesta Mundial de Salud Escolar realizada en Argentina en 2018 relevó, entre otras cuestiones, actividad física, sedentarismo, alimentación y consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias. En esa edición, solo el 25,9 % de los estudiantes declaró haber tenido tres o más clases semanales de Educación Física durante el último año escolar, mientras que el 50,3 % manifestó pasar al menos tres horas diarias sentado fuera del horario escolar. En materia de alcohol, la misma encuesta registró que el 54,1 % de los adolescentes de 13 a 17 años había bebido alcohol durante los 30 días anteriores. Estos datos no permiten afirmar que una mejor Educación Física vaya a resolver el sedentarismo o las adicciones. Sería científicamente incorrecto. Pero sí nos recuerdan algo que no podemos ignorar: nuestros adolescentes están tomando decisiones sobre sus cuerpos mucho antes de terminar la escuela.

Entonces, ¿qué debería llevarse un estudiante cuando termina la secundaria? No solamente la capacidad de ejecutar determinados movimientos ni el recuerdo de los deportes que practicó. Debería llevarse un conocimiento suficientemente sólido de su propio cuerpo, de sus necesidades y de las consecuencias de sus decisiones. Debería saber que mantenerse físicamente activo no es una obligación escolar que termina con el último año de clases. Debería comprender la relación entre movimiento, alimentación, descanso y salud. Debería reconocer los riesgos que determinadas conductas representan para su organismo. Y debería haber desarrollado la suficiente autonomía como para seguir tomando decisiones responsables cuando nadie esté allí para indicárselas.

Quizás allí encontremos el sentido más profundo de la Educación Física. La educación debería conducir progresivamente de la dependencia a la autonomía. El niño necesita que el adulto le indique qué hacer; el adolescente comienza a tomar decisiones propias; el adulto será responsable de las consecuencias de esas decisiones. Por eso la escuela debería procurar que, antes de abandonar sus aulas, el estudiante haya adquirido los conocimientos y herramientas necesarios para continuar cuidándose cuando nadie se lo ordene. No se trata de imponer un determinado estilo de vida ni de convertir la salud en una obsesión. Se trata de comprender algo mucho más sencillo: el cuerpo no es un accesorio de nuestra vida. Es el lugar desde el cual vivimos nuestra vida.

La Educación Física tiene, por lo tanto, una oportunidad que quizá no estemos aprovechando plenamente. Puede enseñar movimiento, pero también puede enseñar conocimiento. Puede enseñar habilidades, pero también puede enseñar criterio. Puede promover actividad física, pero también puede construir el deseo y la capacidad de mantenerla cuando la escuela haya terminado. Puede contribuir a que una persona comprenda que cuidar su cuerpo no significa simplemente evitar una enfermedad, sino preservar durante el mayor tiempo posible su capacidad de moverse, disfrutar, trabajar, relacionarse, decidir y vivir con independencia.

UNESCO sostiene que una Educación Física de calidad debe desarrollar conocimientos, habilidades y actitudes que contribuyan a una participación físicamente activa durante toda la vida, y advierte que, pese a su potencial, la Educación Física continúa estando subpriorizada en numerosos sistemas educativos. La legislación argentina reconoce la formación corporal y motriz como parte de la educación integral. Córdoba plantea conciencia corporal, autonomía y alfabetización motriz. Y la evidencia sanitaria nos recuerda la importancia de construir hábitos saludables desde edades tempranas.

Entonces quizá la pregunta ya no sea si Educación Física es una materia importante. La pregunta es si la estamos tratando como una materia importante.

Porque podemos tener una asignatura llamada Educación Física y, sin embargo, no estar logrando aquello que su nombre promete. Podemos enseñar a nuestros estudiantes a correr, saltar, lanzar y jugar. Pero deberíamos aspirar a algo más: enseñarles a cuidar el cuerpo que correrá, trabajará, amará, sufrirá, envejecerá y los acompañará durante toda su vida.

La escuela enseña para el futuro. Por eso también deberíamos evaluar la Educación Física mirando hacia ese futuro. No preguntarnos solamente qué hicieron hoy los estudiantes durante la clase, sino qué aprendieron hoy que seguirá siendo útil cuando tengan treinta, cincuenta o setenta años.

Un alumno puede practicar mucho deporte sin estar físicamente educado. Un alumno puede no ser jamás deportista y, sin embargo, estar físicamente educado. La diferencia está en el aprendizaje, en el conocimiento, en la comprensión, en la capacidad de elegir, en la motivación, en el hábito y, finalmente, en la autonomía.

La Educación Física no debería limitarse a enseñar a los jóvenes a moverse durante los años que permanecen en la escuela. Debería enseñarles a querer, saber y poder cuidar su cuerpo durante todos los años que permanecerán en el mundo.

Por eso la pregunta de Inquietudes queda abierta:

Educación Física: ¿estamos alfabetizando físicamente a nuestros niños, jóvenes y adolescentes?.

003- Inquietudes

Este espacio al que llamamos “Inquietudes” no pretende ofrecer respuestas definitivas. Nace de una convicción sencilla: las ideas mejoran cuando son sometidas al diálogo, a la evidencia y a la reflexión crítica. Por eso buscamos formular mejores preguntas, explorar distintas perspectivas y revisar nuestras propias certezas.

Porque muchas veces una buena pregunta no es el final de un aprendizaje, es el comienzo de una nueva forma de mirar la realidad.

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