Existen diversas versiones históricas sobre la génesis de esta expresión que se utiliza popularmente para evadir responsabilidades o desentenderse de un conflicto. Las referencias dan cuenta de tres posibilidades que marcaron el inicio, hace más de cien años, de esta muletilla que todavía resuena en el vocabulario de los nativos de nuestro país.
A la luz de ciertos relatos y estudios históricos, una de las posibilidades que cobra mayor fuerza es lo acontecido con la declaración de la Primera Guerra Mundial en 1914. Según relata Daniel Balmaceda, en su libro “Historias insólitas de la Historia Argentina”, editado por Sudamericana, “miles de argentinos que estaban en Europa, abandonaron de inmediato las capitales para seguir viviendo su vida espléndida en ciudades como Biarritz o Deauville. A pesar de pertenecer a una nación que se había declarado neutral, no podían evitar que los detuvieran cuando cruzaban fronteras”.
“Por ese motivo – continúa el autor-, era indispensable llevar siempre a mano el pasaporte. Y cada vez que un piquete militar detenía a los viajeros, estos lo alzaban y gritaban: “¿Yo?, ¡Argentino!.
Otros datos indican que la frase cobró aún más significado en la Semana Trágica de 1919. Este hecho fue una brutal represión obrera ocurrida en Buenos Aires entre el 7 y el 14 de enero de ese año, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen.
Los acontecimientos comenzaron como un reclamo de trabajadores metalúrgicos de los Talleres Vasena por mejoras salariales y jornada de 8 horas, pero escaló a masacre con un saldo de 700 muertos y 4.000 heridos.
El conflicto se había originado en diciembre de 1918 en los talleres ubicados en el barrio de San Cristóbal. Ante la negativa patronal y una huelga general declarada por sindicatos anarquistas y comunistas, la policía, el ejército y grupos de choque civiles de ultraderecha (luego organizados en la Liga Patriótica) desataron una cacería indiscriminada de obreros y miembros de la comunidad judía, que, perseguidos por grupos paramilitares, gritaban la frase “¡Yo, argentino!”, para salvar sus vidas.
En tanto, otros historiadores señalan que la mítica declaración empezó a acuñarse incluso antes, durante la implementación de la Ley de Residencia (Ley 4.144), sancionada en Argentina en 1902, la cual facultaba al Poder Ejecutivo para expulsar del país a extranjeros sin juicio previo. Su objetivo principal fue reprimir y frenar el creciente movimiento obrero, anarquista y socialista liderado por inmigrantes.
En este contexto, los obreros extranjeros la utilizaban para evitar ser deportados por la policía, argumentando que eran argentinos y de esta manera poder conservar sus derechos.
Los cierto es que, siendo por un motivo u otro, la frase sigue resonando en nuestros tiempos para significar que uno no tiene nada que ver con un problema o conflicto, porque, como dice Balmaceda en su libro, «siempre el inconveniente es de los otros. Y nosotros, ¡argentinos!.

