El fútbol en la Argentina no es solo un deporte
OPINIÓN – Por Eduardo Reina – Especial para DSF
El fútbol en la Argentina no es solo un deporte: es identidad, es cultura popular, es memoria colectiva. Por eso los íconos del fútbol argentino aparecen en afiches, en cuartos de adolescentes, en vidrieras de marcas globales, en campañas solidarias y en causas benéficas. Representan lo mejor de lo que supimos ser: talento, esfuerzo, épica y pertenencia.
Durante décadas, además, el fútbol fue algo aún más importante: una red de contención social allí donde el Estado no llegaba o llegaba tarde. En muchos clubes se dio desayuno, almuerzo, cena y una cama digna a chicos que no tenían nada más que una pelota y un sueño. De esos clubes salieron estrellas mundiales. Diego Armando Maradona creció en Villa Fiorito, pero fue contenido por Argentinos Juniors en los Cebollitas antes de debutar en Primera. Carlos Tevez vivió en la pensión de Boca Juniors durante sus años de inferiores. Sergio “Kun” Agüero se formó y vivió en las instalaciones de Independiente. Ángel Di María dejó Perdriel para formarse en Rosario Central. Emiliano “Dibu” Martínez dejó Mar del Plata siendo casi un niño para vivir en la pensión de Independiente antes de ser vendido al Arsenal. Lautaro Martínez se formó en Bahía Blanca y creció futbolísticamente en Racing Club. Solo por nombrar algunos.
Los clubes de fútbol argentinos no nacieron para hacer negocios. Nacieron para contener pibes para darles reglas, horarios, pertenencia, una camiseta, un límite y un horizonte. Para sacarlos de la calle, del abandono, de la nada. Para enseñarles que había algo más que simplemente sobrevivir.
Desde ese lugar, hoy, el derrumbe. La dirigencia del fútbol argentino no da pena: da vergüenza. No hay proyecto, no hay coraje, no hay defensa del club como institución social. Hay negocios, hay rosca, hay miedo. Y, sobre todo, hay cómplices a sueldo. Ya no alcanza con decir que “callan”. Callar, en este contexto, es cobrar.
El fútbol es una de las industrias culturales más grandes del planeta. Mueve cientos de miles de millones de dólares al año. Pero ese dinero no lo generan los dirigentes: lo generan los hinchas. Y en la Argentina eso tiene nombre propio: River Plate, Boca Juniors, Independiente, Racing Club, San Lorenzo, Rosario Central, Newell’s Old Boys, Vélez Sarsfield, Huracán y Talleres de Córdoba. Los diez clubes con mayor masa societaria del país concentran más de 1.430.000 socios, según datos oficiales del Informe de Clubes 2025 de la AFA. Ellos concentran la pasión, la audiencia, el rating y el negocio que hace viable todo el sistema.
Sin esos clubes no hay televisión, no hay sponsors, no hay fútbol profesional, no hay negocio. Sin embargo, el poder no responde a quienes sostienen el sistema, sino a una estructura cerrada que se apropió de la conducción del fútbol.
La Asociación del Fútbol Argentino dejó de ser una casa madre para convertirse en una agencia de disciplinamiento político, un sistema donde se premia la obediencia, se castiga la disidencia y se reparten dinero, favores y poder a cambio de silencio.
En ese esquema, Claudio Chiqui Tapia no gobierna solo: gobierna porque nadie se le anima. Y no se le animan no por falta de argumentos, sino por falta de agallas o, como se dice en el lenguaje del fútbol, por falta de ¨huevos¨. Hay dirigentes que saben perfectamente lo que pasa; fueron jugadores y cuando jugaban pusieron los ¨huevos¨ necesarios en la cancha. Hoy saben cómo se manipulan votos, cómo se aprietan clubes y cómo se reparte la plata, y aun así eligen callar.
No callan por institucionalidad ni por prudencia. Callan porque prefieren seguir cobrando, seguir viajando y seguir reinando en su pequeño feudo, aunque eso implique destruir el fútbol argentino desde adentro. Eso no es dirigencia: eso es complicidad rentada.
Ningún club grande se plantó en serio. Ningún dirigente con poder rompió la trenza. Nadie arriesgó nada.
El fútbol argentino fue durante décadas un ascensor social, una escuela, una salida y un orgullo nacional. Hoy está en manos de una casta dirigencial que lo usa como caja, como refugio y como negocio personal.
No lo van a destruir solo los que mandan. Lo van a destruir los que cobran y callan, los que miran para otro lado y los que se esconden detrás de la palabra “institucionalidad” para justificar su cobardía. El fútbol argentino no se está muriendo: lo están dejando morir. No por falta de talento, ni de hinchas, ni de historia, sino por una dirigencia cobarde que eligió el negocio antes que la camiseta, la caja antes que los pibes y el silencio antes que el coraje. Cuando nadie se anima, cuando nadie enfrenta, cuando todos transan, el fútbol deja de ser fútbol pasa a ser una estructura decadente, sin alma y sin futuro. Y cuando el fútbol pierde los huevos, no pierde solo partidos o títulos: pierde su razón de existir.
