El eclipse como ‘prime time’: el negocio millonario de desafiar a la luna

#OPINIÓN – Por Eduardo Reina (*) – Especial para DSF.

Hubo un tiempo en que los eclipses solares parecían pertenecer exclusivamente a los astrónomos, a los científicos y a esos aventureros dispuestos a recorrer miles de kilómetros para contemplar, durante apenas unos minutos, un fenómeno extraordinario.

Hoy, obviamente, siguen siendo acontecimientos científicos y naturales, pero también se han convertido en algo más: uno de los escenarios publicitarios más exclusivos del planeta.

En una época dominada por los algoritmos, las redes sociales y la competencia feroz por captar nuestra atención, hasta la sombra de la Luna puede transformarse en un gran espectáculo comercial. Las marcas vinculadas con los deportes extremos comprendieron rápidamente su enorme potencial.

Red Bull ha sido probablemente la más consistente. Produjo acciones con Danny MacAskill durante el eclipse de 2015 y, en el eclipse español de 2026, reunió a los pilotos de wingsuit Mike Brewer y Dani Román para conseguir una fotografía que requirió nueve meses de planificación.

GoPro también apostó por esta combinación entre tecnología, deporte y espectáculo. Durante el eclipse estadounidense de 2017 acompañó al deportista Marshall Miller y a otros pilotos en un vuelo colectivo con wingsuit. Además, desarrolló herramientas específicas para programar sus cámaras durante estos fenómenos.

Danny León y su equipo audiovisual protagonizaron, por su parte, una de las imágenes más virales del eclipse español de 2026. León es deportista de Red Bull, aunque las fuentes disponibles presentan el salto como un proyecto desarrollado junto con el fotógrafo JaiCano, el productor Gochiestrella y SB Ramps, y no necesariamente como una campaña financiada íntegramente por la marca.

El fenómeno también fue aprovechado por empresas ajenas a los deportes extremos. Krispy Kreme y Oreo, SunChips de Frito-Lay, MoonPie, Sonic, Delta, Southwest y Warby Parker, entre otras, desarrollaron productos especiales, vuelos de observación, eventos y campañas de distribución de gafas certificadas.

No es solamente una foto o un video , es un evento extraordinariamente complejo: un eclipse que dura apenas unos minutos, un deportista de élite dispuesto a arriesgarse y un despliegue tecnológico capaz de registrar el instante exacto.

El resultado puede ser una imagen inolvidable, pero también una formidable maquinaria de comunicación capaz de generar millones de visualizaciones

Una fotografía sin segunda oportunidad

A diferencia de un partido de fútbol, una carrera de Fórmula 1 o cualquier otro espectáculo organizado, el eclipse no espera a nadie. No puede demorarse, repetirse ni adaptarse a las necesidades de una producción audiovisual.

La totalidad dura apenas entre dos y cuatro minutos en un punto determinado. Si el atleta se retrasa, si una nube cubre el cielo, si falla el cálculo de la trayectoria o si la cámara no está correctamente ubicada, la oportunidad desaparece.

Tal vez sea precisamente esa imposibilidad de repetir la escena la que le otorga tanto valor.

Para conseguir la silueta perfecta de un paracaidista, un escalador o cualquier otro deportista cruzando frente al Sol eclipsado, las grandes marcas no se limitan a contratar a un atleta y a un fotógrafo. Producen misiones de precisión en las que participan astrónomos, meteorólogos, pilotos, ingenieros, especialistas en seguridad y equipos audiovisuales.

Todo debe coincidir en cuestión de segundos: la posición del Sol, la trayectoria del deportista, el ángulo de la cámara, la velocidad del viento y el lugar exacto desde donde se realizará la toma.

Sobre esa planificación se monta una tecnología que cumple un papel decisivo. Sistemas de geolocalización, sensores, cámaras térmicas, visión nocturna y herramientas capaces de calcular movimientos en tiempo real permiten registrar algo que, hasta hace pocos años, habría dependido en gran medida de la casualidad.

La autenticidad y la ingeniería del “Golden Shot”

En un mundo inundado de imágenes espectaculares creadas por inteligencia artificial, las marcas están dispuestas a gastar fortunas para demostrar que una imagen extraordinaria ocurrió realmente.

Hoy cualquiera puede pedirle a un programa que genere la imagen perfecta de un deportista atravesando un eclipse. En pocos segundos aparecerá una escena impecable, sin riesgos, sin viajes y prácticamente sin costos.

Hoy detrás de la  autenticidad las empresas buscan valor

Cuanto más difícil resulta distinguir entre lo verdadero y lo artificial, mayor importancia adquiere aquello que puede demostrarse como real. Por eso las marcas ya no difunden únicamente la fotografía terminada. También muestran la preparación, los ensayos, los errores, la ansiedad de los protagonistas y el cronómetro de una cuenta regresiva que no puede detenerse.

El detrás de escena dejó de ser un material secundario, constituye la verdadera campaña. En la era de la inteligencia artificial, la imperfección humana comienza a funcionar como certificado de autenticidad. Desde el punto de vista comercial, estas campañas aprovechan uno de los mecanismos más poderosos de las redes sociales: el miedo a perderse algo único, conocido como efecto FOMO.

La posibilidad de observar una hazaña realizada durante un eclipse genera una curiosidad inmediata. Una sola imagen puede recorrer el mundo, multiplicarse en Instagram, TikTok y YouTube y terminar reproducida por medios internacionales.

Las cifras que se manejan alrededor de estas campañas permiten comprender la dimensión del fenómeno: Una toma viral de un deportista frente a la corona solar puede acumular entre 5 y 20 millones de reproducciones en Reels y TikTok durante sus primeras 48 horas.

El contenido generado por los atletas, las republicaciones de medios internacionales como National Geographic o la BBC y los documentales difundidos en YouTube, una campaña de estas características puede superar los 200 millones de impresiones.

Mientras la publicidad digital convencional suele luchar por conseguir entre un 1 % y un 2 % de interacción, esta clase de contenido puede alcanzar porcentajes poco imaginables . El público no siente que le están vendiendo una bebida energética o una cámara: siente que está presenciando una hazaña humana.

A partir de allí comienza el verdadero efecto dominó. El deportista comparte la experiencia, los integrantes del equipo publican sus propias imágenes, los medios reconstruyen la historia y el público vuelve a distribuir el contenido.

La campaña ya no depende exclusivamente del dinero invertido en publicidad. Son los propios usuarios quienes se encargan de multiplicarla.

La marca aparece, pero no interrumpe la historia: forma parte de ella.se asocia simbólica , deja de presentarse simplemente como fabricante de cámaras, bebidas o indumentaria deportiva y comienza a posicionarse como una organización capaz de reunir talento, tecnología y audacia para hacer posible algo que parecía imposible.

No vende únicamente un producto. Vende una idea de aventura, innovación y superación.

El eclipse dura unos pocos minutos. La fotografía, en cambio, puede circular durante años y  hasta ser premiada y porque no  quedar en la historia .

En un mundo digital saturado de imágenes artificiales, una hazaña real adquiere un valor inesperado: la Luna ocultará al Sol durante unos minutos. La marca intentará quedarse con esa luz para siempre.

(*) Consultor especializado en Comunicación Institucional y Politica, Asuntos Públicos y Gubernamentales, Manejo de crisis y Relaciones con los Medios. Magister en Comunicación y Marketing Político. Universidad del Salvador, USAL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2004. Postgraduate Business and Management. Universidad de California Ext. Berkeley, EEUU. Actual Presidente Tres Cuartos Comunicación y es Docente Universitario. Anteriormente fue Vicepresidente de Estudio de Comunicacion, multinacional española que figura entre las 10 empresas del ranking de Merger Market de empresas Europeas. www.eduardoreina.com

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