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Entre la crítica automática y la mirada a futuro

*Opinión por Federico Sottano

Mientras crecen las obras y se transforma el perfil urbano de San Francisco, el debate público vuelve a quedar atrapado entre la crítica automática y la dificultad de proyectar a largo plazo. Una reflexión sobre cómo valoramos —o desestimamos— el desarrollo de nuestra propia ciudad.


En los últimos días, a partir de la inauguración de la bicisenda y la bulevarización de 9 de Julio, se ha generado un intenso debate público en San Francisco. Como suele ocurrir ante cada intervención urbana de magnitud, las opiniones se multiplican y, en muchos casos, se polarizan.

Sin embargo, más allá de las diferencias legítimas, llama la atención la reiteración de posturas que parecen responder más a una lógica de oposición sistemática que a un análisis profundo del desarrollo urbano de la ciudad.



Es importante, en primer lugar, poner en contexto. San Francisco ha experimentado en las últimas dos décadas un crecimiento sostenido en materia de infraestructura y obra pública. A ello se suma el acompañamiento del sector privado, reflejado en la expansión de loteos, urbanizaciones que han transformado distintos sectores, especialmente el norte y, más recientemente, el sur de la ciudad como también la inversión en locales comerciales.



En este escenario, resulta contradictorio que quienes durante años reclamaron por la falta de obras —comparando a San Francisco con ciudades cercanas como Rafaela, Villa María o Córdoba— hoy cuestionen la concreción de nuevos proyectos cuando finalmente se materializan en el ámbito local.

Por supuesto, el debate sobre las prioridades en la asignación de recursos públicos es no solo válido, sino también necesario. Toda obra puede y debe ser analizada en términos de impacto, utilidad y oportunidad. Pero existe una diferencia sustancial entre el cuestionamiento constructivo y la descalificación automática.



Las transformaciones urbanas, especialmente aquellas que modifican hábitos o la fisonomía de espacios tradicionales, suelen generar resistencias iniciales. No es un fenómeno nuevo. Ocurrió con el Superdomo, el Centro Cultural, la Tecnoteca, con la apertura del Centro Cívico y con otras intervenciones que, con el paso del tiempo, fueron incorporadas a la vida cotidiana de la ciudad y hoy forman parte de su identidad. Y otras en proceso como el Parque de la Biodiversidad en el Parque Cincuentenario o la futura Universidad Provincial.

En este sentido, la discusión actual invita a reflexionar sobre una tendencia cultural más amplia: la de valorar aquello que se observa en otras ciudades —el orden, la modernidad, la planificación— mientras se cuestiona su implementación en el propio entorno.



La bicisenda y la bulevarización de 9 de Julio representan, más allá de su uso inmediato o de las preferencias individuales, una apuesta por redefinir el espacio urbano, diversificar sus usos y proyectar una ciudad más integrada y moderna.

El tiempo, como en tantos otros casos, será el encargado de determinar el grado de acierto de la obra. Pero mientras tanto, quizás sea oportuno correrse de la reacción inmediata y ensayar una mirada más amplia, que contemple no solo las necesidades presentes, sino también el horizonte de desarrollo que se pretende construir.



Disfrutemos, como vecinos de San Francisco, de este crecimiento. Porque, en definitiva, una ciudad no se piensa únicamente desde la utilidad individual, sino desde el bienestar colectivo y su proyección a futuro.