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Sanfrancisqueños por el Mundo - 04/01/2018

Sanfrancisqueños por el mundo: Hoy, María Renee Ravazzani

Vive en las Islas Caimán y además de trabajar en un hotel, da clases de yoga y realiza shows de fuego y acrobacias aéreas de circo. Pero el primer capítulo de su aventura como viajera comenzó en México. Conocé su historia.

María Renee Ravazzani tiene 34 años, y es Licenciada en educación física. Actualmente vive en las Islas Caimán y trabaja en un hotel como supervisora del departamento de actividades acuáticas; además da clases de yoga y hace shows de fuego y acrobacias aéreas de circo. El espíritu viajero se despertó en ella a temprana edad, cuando por primera vez tomó un avión para realizar el típico viaje de los quince años a Disney . “Desde ahí supe que iba a viajar otra vez”, asegura.

A partir de ese momento fue y vino de Argentina en varias ocasiones pero fue a comienzos del año 2012 que dejó el país por mucho tiempo para establecerse en México. “Ya venía con esa idea gestándose en mi cabeza y mi corazón desde hacía rato, pero sentía que tenía algunas materias pendientes en Argentina que no me permitían irme sin pensar en una fecha de regreso. Quería terminar mis estudios y también estuve un tiempo en pareja compartiendo vida con un sanfrancisqueño. Cuando esas dos situaciones llegaron a su final me quedé trabajando un poco más por Córdoba pero llegó un momento en que sentí que ya no había motivos porque no emprender vuelo”, explica.

 

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Cuenta que al tomar esa importante decisión, su familia la apoyó y desde entonces ha sido incondicional, por eso siempre los sintió cerca aunque físicamente estuvieran a miles de kilómetros de distancia. También sus amigos la alentaron, y aunque hace años que no ve a muchos de ellos, nunca dejó que el contacto  se cortara. “Siento que la amistad es la misma y a eso lo valoro muchísimo”, se sincera.

 

México le regaló una hermosa experiencia. Tal es así, que lo considera “su segundo país después de Argentina”. Pero reconoce que lo que la impulsó a partir nuevamente es la situación económica y política que allí se vive. “Si no fuera tan terrible me hubiese quedado mucho más tiempo yirando por México”, completa. Primero estuvo trabajando en un hotel de la Rivera Maya, que tiene un trapecio de vuelo como parte de las actividades recreativas del huésped. Renee daba clases y participaba en shows que realizaban dos veces por semana; al terminar su contrato se dedicó a viajar por el sur y centro del país. Y durante ese recorrido fue que conoció a Evan, su “compañero de vida”, como ella lo describe; un canadiense con quien, luego de compartir un tiempo juntos en México, decidió irse a Canadá para vivir un tiempo junto a él en Vancouver, donde trabajó en una panadería y cafetería. “Vancouver es bello, toda la parte de la Colonia Británica de Canadá lo es, está lleno de lagos, parques nacionales y naturaleza. La gente es súper educada y amable, son conocidos por pedir disculpas aun cuando no hay motivo para hacerlo. Es una sociedad  donde, en general, todo funciona bien”, describe.

 

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Luego regresaron a México y se establecieron por un tiempo en Playa del Carmen, donde Renee trabajó con un grupo de entretenimiento independiente llamado Grupo Caracol haciendo shows de fuego, coreografías de acroyoga y hula hoop de fuego. También hacía shows de acrobacias aéreas, principalmente en telas, y tuvo la oportunidad de dar clases de educación física en una escuela privada. Mientras tanto, su pareja trabajaba como instructor de buceo. “Juntamos unos pesos y decidimos comprar un auto Chevy Blazer 1999 y viajar por tierra hasta llegar a Argentina, cosa que nunca pasó; viajamos con el auto desde México a Panamá y ahí lo vendimos porque ya estaba medio viejito y nos estaba dando muchos gastos. Eso nos tomó como 2 o 3 años, disfrutamos el camino y trabajamos para seguir viajando”, recuerda.

Estuvieron un tiempo en Guatemala trabajando en una hostería ecológica a cambio de alojamiento y comida, y paralelamente en una tienda de buceo y dando clases de yoga para generar un ingreso y continuar el viaje hacia el sur pasando por todos los países de Centroamérica. “Conocimos gente, lugares, sabores. Disfrutamos vendiendo artesanías en macramé y haciendo shows callejeros para no dejar que nuestros ahorros se consuman por completo, hasta que llegamos a Panamá; ahí nos quedamos en Bocas del Toro y conocimos a muchos viajeros que venían subiendo por Latinoamérica con la idea de llegar a México y otros como nosotros bajando por Centroamérica. Conocimos a algunos argentinos y de casualidad en Isla Colón conocí a unos sanfracisqueños, Carola y Cheché. En ese momento no lo podía creer, ellos son dos personas muy lindas y nos llevamos bien de entrada”, cuenta.

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La pareja se quedó en Bocas del Toro unos meses hasta que a Evan se le presentó la posibilidad de trabajar en las Islas Caimán y allí fueron. “Grand Cayman fue descubierta por Cristóbal Colon quien la llamo Isla Tortugas, pero luego en una de esas guerras Inglaterra ganó y así quedó, como colonia inglesa, y el idioma oficial es el inglés, pero lejos están de comportarse una sociedad inglesa; en realidad se puede sentir una mezcla de culturas caribeñas con influencia de todos los expatriados que vivimos y trabajamos. Solamente en el hotel donde trabajo hay personas de 64 nacionalidades diferentes”, relata.

Asegura que apenas llegaron el shock cultural fue intenso para ella, y le llevó un tiempo acostumbrarse porque la gente allí es un poco distante, pero agrega: “Después vas conociendo gente con la cual compartís gustos y vas encontrando tu lugar. Generalmente hablando creo que en Cayman hay tres tipos de personas: el que viene con la idea de trabajar para juntar dinero, el que viene a gastar todo lo que cobra en fiestas porque vino a tener la aventura loca de trabajar y vivir en el Caribe, pero en una isla bastante más segura que cualquier otro país caribeño, y el lugareño que disfruta el día a día y no le importa mucho el trabajo, puede ser que se presente a trabajar pero también puede que no”, expresa.

 


 

Millas de aprendizaje

“Creo que viajando y viviendo fuera de Argentina por un tiempo, estando fuera de mi zona de confort pude aprender mucho de mí misma y  reafirmar mi persona, mis valores, mis creencias sin hipocresías. Aprendí a valorar aun mas lo que es tener un lugar para dormir, un plato de comida, una ducha caliente, un abrazo de mi vieja o un café con mi viejo, una charla con mi hermana, ver reír a mi sobrina, compartir un mate con amigos, ¡qué rico! Entre algunas de las cosas graciosas que me pasaron una fue en Canadá, donde si bien son gente muy amable y educada, no tienen la costumbre de saludar con un beso o un abrazo y varias veces me salió de querer dar un beso en la mejilla o un abrazo a alguien por saludar y me quedaron mirando con cara rara, como diciendo ¿qué hace esta loca que no respeta el espacio personal?”

 

Lo que extraña y lo que no

“Se extraña la cultura, la música y el folklore, esa costumbre que tenemos los argentinos de compartir, de que no importa si se presenta alguien que no conocés entre un grupo de amigos, siempre hay lugar para un plato más en la mesa. Incluso ese es un tema común que siempre menciona como algo positivo cualquier extranjero que estuvo viajando por Argentina, les encanta nuestra cultura de compartir y de que a todo lo atamos con alambre. Lo que todavía me conecta a San Francisco es mi familia y los amigos que todavía están ahí, me gusta porque es una ciudad medianamente segura, pero lo que  no extraño de ella es que a veces puede ser muy chusma, ésto de estar siempre fijándose en lo que hace el otro no me gusta”

 

Siempre regresar

“Para el futuro no descarto ninguna posibilidad, me gustaría seguir viajando, conociendo países, gente y culturas. Pero siempre regresar, mi corazón está en las montañas de Córdoba y con mi familia , por supuesto. Quizás pueda tener mi propia casita autosustentable y mi propio estudio de yoga, ¿quién sabe?”

 

El consejo de una viajera crónica: a tomar nota

“Salgan, viajen y no tengan miedo, que es lo mejor que les puede pasar, lo bueno y lo no tan bueno, de todo se aprende. Creo que es algo que todos los seres humanos deberíamos hacer al menos una vez en la vida, viajen solos y no pierdan la oportunidad de conocerse y de saber qué esperan de la vida. ¡Que vida hay una sola y hay que disfrutarla, que tu libertad termina donde empieza la libertad del otro. Teniendo el entendimiento básico de respeto…VIAJA!”

 

Por Julieta Balari.-