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La pesada herencia de Francisco

Si la Iglesia Católica fuese un país, sería el tercero con más habitantes del mundo. Se estima que hay alrededor de 1300 millones de católicos, apenas un poco por detrás de los 1340 millones de indios y los 1400 millones de chinos. La diferencia es que la Iglesia engloba a un conjunto de personas de todas las nacionalidades, de todos los niveles socioeconómicos, y que habla centenares de idiomas.

Estos fieles tienen también distintas necesidades, expectativas, e ideas sobre lo que significa ser católico. El Papa Francisco, aunque sea -según la creencia- elegido por el Espíritu Santo, no tiene ni tendrá nunca una tarea sencilla. “El trabajo es ir limpiando, limpiando, limpiando”, dijo el Papa Francisco en la entrevista que le dio al programa Salvados, de la televisión española.

En la conversación con el periodista Jordi Évole, dio una idea de los complejos desafíos que le toca enfrentar como líder religioso: habló de la crisis migratoria, de Venezuela, del lugar de la mujer, del aborto, del muro de Trump. También abordó el problema que enfrenta la Iglesia con los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes. Aunque mucha gente no lo sabe, puedo dar fe de que este tema preocupa a Bergoglio desde hace muchos años, incluso desde antes de ser Papa.

Sin dejar de reconocerlo, el Papa subraya que es un problema no exclusivo del catolicismo; antes, estos casos se tapaban, no solo en la Iglesia, sino en todos los ámbitos. Incluso dentro de las familias. “El Vaticano no se salva de los pecados y vergüenzas de otras sociedades”, remarcó. Uno de los temas que abordó fue el de la inmigración.

España es uno de los principales países de destino de las pateras que parte de África. El reinado de un Papa no puede aspirar a resolver todos los conflictos y las contradicciones. Al contrario, suele enfocarse en agendas que no son preferencias personales, sino que están establecidas por el contexto histórico y social. Desde que el catolicismo se transformó en una organización global, muchas veces esta agenda estuvo relacionada con cuestiones geopolíticas.

Juan Pablo II fue un abanderado de la oposición al comunismo, tanto en Europa Oriental como en Latinoamérica. En su propio país, Polonia, lideró las negociaciones con la izquierda después de la caída del muro de Berlín. Junto al sindicalista Lech Walesa, líder de Solidaridad, fue una de las piezas claves en la transición polaca a la democracia.

Cuando Juan Pablo II murió, los problemas ya eran otros: la debacle económica, los nuevos movimientos sociales, la inmigración. El catolicismo perdía fieles frente a nuevas congregaciones, como el evangelismo, y dentro de la Iglesia se levantaban voces pidiendo una necesaria renovación. La primera respuesta a esta disyuntiva fue por derecha.

Benedicto XVI fue un Papa de los conservadores, que intentó volver a la misa en latín y mantener el orden tradicional. En 2013, sin haber podido establecer su agenda y ya con los achaques de la vejez, Benedicto XVI renunció, y la papa caliente cayó en otras manos. Jorge Mario Bergoglio llegó al trono de San Pedro con la enorme tarea de refundar la Iglesia Jorge Mario Bergoglio, ahora Francisco (no es casual que haya elegido ese nombre, en honor a San Francisco de Asís, idolatrado por “su sencillez y su dedicación a los pobres”), llegó al trono de San Pedro con la enorme tarea de refundar la Iglesia y empezar a abordar problemas que se habían metido sistemáticamente abajo de la alfombra.

Esa SÍ es una pesada herencia. Las acciones de Francisco pueden ser incompletas, insuficientes, pueden no ser del agrado de todos, pero son los primeros pasos de una tarea titánica, que no se va a realizar con él. Roma no se construyó en un día, dice el dicho. Tampoco se reconstruyó en un día. Es casi gracioso que los argentinos sigamos a esta altura tan convencidos de que el Papa nos pertenece.

Después de la elección, en 2013, hubo festejos, como si, más que para arreglar la Iglesia Católica, lo hubieran elegido para arreglar la Argentina. O, al menos, para ayudarnos a ganar el Mundial. Si hay tanta decepción con él, en nuestro país, no es por su conducción como líder católico, sino porque falló a la hora de resolver mágicamente nuestros problemas. La dura verdad es que no somos el centro de los pensamientos sublimes del Vaticano, aunque, para nosotros, Dios sea argentino. El Papa puede gustarnos más o menos, pero mal que le pese a nuestro orgullo nacional, el hombre no está todo el día pensando en Grabois, Mauricio Macri o Moreno.

Sus problemas como pontífice son de otro orden. Debe actuar como guía espiritual de millones de personas y al mismo tiempo gobernar un país que es el más pequeño del mundo pero tiene un PBI nada pequeño. Debe sincerar la interna vaticana, reformar la Curia, velar por los cristianos perseguidos en el mundo, favorecer el diálogo interreligioso, actuar como mediador en relaciones internacionales (como en el caso de Cuba y EEUU) y aggiornar a una institución de 2000 años para hacer frente a cuestiones como los abusos sexuales y las demandas de más igualdad entre los géneros.

Juan XXIII, que reinó de 1958 a 1963, expresó con sencillez la enorme responsabilidad y soledad que representa ocupar ese puesto. “A veces”, dijo, “me despierto pensando en un problema acuciante y pienso que tengo que hablarlo con el Papa… y después recuerdo que yo soy el Papa”.

Nota publicada además en: Perfil.com

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Eduardo Reina

Consultor especializado en Comunicación Institucional y Politica, Asuntos Públicos y Gubernamentales, Manejo de crisis y Relaciones con los Medios. Magister en Comunicación y Marketing Político. Universidad del Salvador, USAL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2004. Postgraduate Business and Management. Universidad de California Ext. Berkeley, EEUU. Actual Presidente Tres Cuartos Comunicación y es Docente Universitario. Anteriormente fue Vicepresidente de Estudio de Comunicacion, multinacional española que figura entre las 10 empresas del ranking de Merger Market de empresas Europeas. www.eduardoreina.com